
(Huehuecóyotl en Iztapalapa, Ciudad de México)
En una época donde lo individual prima por sobre lo colectivo, Marco Ripetti Mardones ha utilizado el arte como una forma de conectar con las personas a través de sus historias y herencia latinoamericana. Su propia curiosidad lo llevó a experimentar con pigmentos naturales extraídos de la tierra misma, colores vivos y texturizados como el ocre, el verde, el azul y el morado, que ha plasmado en murales por todo el continente latinoamericano.
Su verdadera intención como artista no apunta al nombre autoral, sino al esfuerzo colectivo de hacer arte como se hacía antes. “Cuando vemos los murales antiguos de aztecas o mayas, no los asociamos a un artista en particular, sino a una cultura. Me gusta que se disuelva esa identidad individual, por mucho que hoy en día no sepamos bien de qué cultura estamos hablando”, relata.
Su formación inicial en el periodismo dista mucho a primera vista de su actual oficio en el arte, pero Ripetti ha hecho confluir ambas partes en distintos proyectos por casi veinte años.
Su obra
P: ¿Cómo puedes unir el arte público y la comunicación?
R: “Para mí se da muy naturalmente, aunque de buenas a primeras la gente no lo ve. Mi idea fue establecer una relación entre ambas ramas desde el principio y en la u los profes cuestionaban esta decisión, pero yo les decía que comunicar también es un arte. Intento que los murales siempre cuenten una historia, lo que me gusta llamar “crónica expresionista”, que desde lo visual no se atiene ni al género narrativo, ni al informativo ni al de opinión”.

(Resultado de taller mural en Lo Espejo – colaboración con Colectivo Musa)
En sus años posteriores al egreso, viajó por América Latina reconociendo pigmentos minerales y trabajando junto a comunidades locales. En su recorrido por el continente, lo aprendido en las teorías de la comunicación se transformó radicalmente a medida que se encontraba con comunidades autosustentables, como las eco aldeas en Brasil, los colectivos de resistencia ambiental en Guatemala o los grupos de artistas autogestionados de México.
Su obra en Chile ha transitado por distintas localidades del país, desde Puerto Ibáñez en la región de Aysén, hasta Vichuquén en el Maule y Los Muermos en Los Lagos. Zonas rurales donde se tienen más a mano distintos pigmentos, y donde, como sucede en Vichuquén, la gente pinta sus casas con los colores que ofrece la tierra. Allí, ha participado en procesos de reconstrucción, encuentros de murales colectivos e intervenciones educativas vinculadas al arte y la expresión.
La influencia del territorio
P: ¿Qué tipo de historias aparecen desde el colectivo?
R: “En los murales, trato de encontrar los vestigios de culturas que están próximas a olvidarse o que ya cayeron en el olvido, y desde ahí intento darle sentido a las historias. La gente quiere identificarse con las obras que van a ver plasmadas, por lo que uno propone algo pero constantemente se están llegando a consensos. La pregunta es cómo se hace una composición donde dialoguen todas las distintas partes. Yo trato de aportar desde mi inquietud”.
Los colores terrosos con los que pinta sus obras provienen de lugares tan diversos como el Cajón del Maipo, la región de Aysén o las cercanías de Concepción. Ripetti Mardones explica que todo el proceso comienza con la recolección de piedras, generalmente en cerros, que luego sumerge en agua por varios días, lo que permite hidratar y “romper” el material. Una vez triturada la roca, el artista filtra la pasta según la textura que quiera obtener y, en una última instancia, mezcla ese polvo disuelto con agua y aglutinante.

(Pigmentos recolectados en Mesoamérica, México y Guatemala)
Es así como se obtiene un material duradero y de origen local, frecuentemente desplazado por pinturas industriales con un mayor impacto ambiental. Además de su búsqueda por más tonos y colores minerales, entre sus próximos proyectos será partícipe de la creación de un mural colectivo dedicado a la flora y fauna en el Cerro Chena de la comuna de San Bernardo, parte de un plan de revitalización del lugar que reunirá tanto a artistas locales como de la ciudad de Santiago.
Este proyecto se entrelaza con sus anteriores trabajos, donde el artista participó en iniciativas internacionales orientadas a apoyar la cultura y el patrimonio autóctono.
P: ¿Cómo viviste la experiencia afuera?
R: “Significó mucho para mí. Me sorprendió ver cómo los propios artistas se gestionaban entre sí, incluso entre ciudades, más allá de los fondos. Se vuelve muy dinámico moverse para generar las cosas, armándose entre muchas personas, y no quedarse necesariamente esperando el financiamiento. Aprendí mucho de las culturas yendo a distintos pueblos a hacer murales, pues se genera un sentido de reapropiación de los espacios y visibilización de ciertas temáticas que pueden ser complejas”.










