En Chile, la cultura LGBTIQ+ ha crecido sostenidamente a lo largo de las últimas décadas, dando origen a una escena diversa y vibrante que se expresa a través de espacios culturales, bares, festivales y organizaciones a lo largo del país. Eventos como el Día de Orgullo se han convertido en la perfecta ocasión no solo para celebrar o protestar, sino también para expresar libremente la identidad, que en otros contextos sociales podría verse limitada.
En Santiago, el Pride celebrado en junio de este año, contó con la participación de más de 100 mil personas. La convocatoria fue masiva y, con ella, vino una fuerte carga de diversidad. Hablamos de las subculturas que acompañan a la comunidad, como el cosplay, el drag, el K-pop, los bailarines gogó, el ballroom y el BDSM. Esta última, a menudo percibida como una de las más controversiales, se ha consolidado como una de las ramas más fuertes del colectivo, con decenas de variaciones y formas en su práctica.
Dentro de este universo, nos encontramos con la comunidad puppy play, un grupo en su mayoría conformado por hombres gay, cuyo sello distintivo es el uso de máscaras o hoods que imitan la cabeza de un perro. En este roleplay, sus miembros se equipan con arneses, correas y collares para adoptar las características de un perro: ladran, gruñen y mueven sus colas como parte de una dinámica que combina el juego, la identidad y la expresión.
La identidad personal
Keros y Mikun son dos pet players que forman parte de Puppy Play Chile, un colectivo que en 2020 contaba con apenas ocho integrantes, pero que hoy reúne a cerca de 110 miembros activos entre handlers y perros, cada uno con un rol determinado según su jerarquía. “Los alfa ocupan la posición más alta dentro de una manada: guían, protegen y cuidan a los demás integrantes. Luego, están los beta, que conforman la mayor cantidad de puppies en las comunidades. Y, por último, los omega representan la jerarquía mas baja, y son principalmente cachorritos”, explica Mikun, uno de los administradores de la organización y petplayer desde hace seis años.

En su rol como alfa de soporte, cuida a sus compañeros, guiándolos y asegurándose de que todos se sientan cómodos en el grupo. Con el tiempo, el puppy play se ha vuelto parte esencial de su vida: “Yo siempre he sido así. Me encanta sentarme en el piso, comer con las manos, hacer harto ruido, todo”, dice entre risas. “Disfruto de esos ritos más animales como jugar en el suelo o con mis peluches… siempre lo he hecho desde que era pequeño. Y ahora como puppy, puedo hacerlo en un ambiente donde me aceptan como soy, y no necesito la máscara porque soy siempre Mikun”, asegura.
Aunque muchos asocian esta actividad con un fetichismo sexual, quienes la practican afirman que no es exclusivo a esa dimensión, y que, para muchos, su principal motivación reside simplemente en el juego de rol. Keros, por su parte, la describe como “una práctica netamente de expresión personal, que puede ser afectiva, erótica o social”.
Relata que llegó a esta rama mientras exploraba temas relacionados con el BDSM, y que fue la máscara lo que inicialmente llamó su atención. “Vi algunas páginas estadounidenses y me compré mi primer hood”, recuerda. Con el tiempo, la experiencia fue evolucionando de forma gradual: “En 2020 la usé por primera vez en público en un Pride”, cuenta, y agrega que su inserción en la comunidad fue paulatina, ya que “estos temas son bastante delicados y se relacionan mucho al trato interpersonal, tanto con las personas como con los perros, porque finalmente detrás de un perro hay un ser humano, alguien con su historia, su personalidad y también con temas psicológicos que hay que respetar”.
Comunidad frente al estigma
Mientras la práctica gana visibilidad y espacios en distintas partes del mundo, sus participantes aún deben enfrentar una serie de estigmas y prejuicios. Keros lo resume así: “Somos la minoría de la minoría”, afirma. Entre los más frecuentes, menciona la hipersexualización, la homofobia dentro de la propia comunidad y el prejuicio de que se trata de una práctica que imita la zoofilia. “Ese es uno de los mitos más grandes. No tiene nada que ver porque en la práctica uno adopta un rol, tal como existen muchos otros tipos de roleplay que no significan nada hacia afuera”, sentencia.

Sin embargo, lejos de las percepciones externas, quienes hacen puppy play lo viven de maneras muy distintas. Mikun explica que entrar en el rol de perro implica alcanzar el headspace, un estado mental que les permite dejar de ser humanos: “Te relajas de una manera increíble; es terapéutico, muy terapéutico, porque te abstraes de tu yo humano, de toda esa mochila que implica ser una persona, y te sirve demasiado. Es como un masaje para el cerebro”, afirma.
Para el común de la gente, y especialmente para quienes no se relacionan con la comunidad LGBTIQ+, muchas actividades propias del movimiento pueden parecer desconocidas o incluso excéntricas. Sin embargo, el puppy play no es un fenómeno nuevo ya que, si nos remontamos a fines del siglo XIX, encontraremos referencias al juego y la sumisión animalizada en la literatura de Leopold von Sacher-Masoch. Ya en los años setenta, esta estética comenzó a aparecer también en la cultura popular, como en el video musical de Supernature, de Cerrone, donde hombres y mujeres usaban máscaras de perro.
No obstante, no fue hasta la década de los ochenta que esta práctica se consolidó con los términos que entendemos hoy. Actualmente, la influencia del puppy play es evidente en Estados Unidos y también en países como España y Alemania, donde la práctica se ha extendido hasta la vida nocturna, con bares y clubes creados especialmente para quienes participan en ella.
Si bien a nivel nacional la escena es notablemente más pequeña, organizaciones como Puppy Play Chile, reúnen a sus miembros en parques, bares y eventos, que les permite crear un espacio de comunidad y apoyo, pudiendo ser libremente ellos mismos. De la misma forma, en ocasiones como el Día del Orgullo y a través de redes sociales, el puppy play ha encontrado un lugar sólido y fácilmente reconocible entre el resto de las ramas BDSM, brindándole un espacio de asilo a aquellos que lo llevan, no solo como un pasatiempo, sino como un estilo de vida.





